Wednesday, April 3, 2013


At first I thought it had to be some kind of gravity. It was a strength so natural, so sudden, it couldn't have been anything else. It seemed to push me without any effort. And I was unavoidably trapped in that strange gravitational field. I didn't know how to react, or what to do. I was gulped by its force. I accepted there wasn't a way to get away. That was all. I was going to get trapped there forever. Like the gravity we all have to bear since we're born. Always pushing us down, always stickin' us to the floor. So I accepted I couldn't get away, the same way I accepted I wasn't gonna fly when I was just a little kid. I jumped and jumped, and jumped again, but never flown. Gravity was something I couldn't handle.

But this time, something was different. It was indeed a kind of gravity, though it wasn't gravitational force. It felt like I couldn't get away, but I wasn't stucked to the floor. What was happening?

I was choosing it. And that idea made me tremble. I couldn't handle it either; it was bigger than me, it was huge. But I wasn't gettin' away, not because I was unable, but because I didn't want to run away. As simple as that. And that fact made all the difference.


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Hablando en subjuntivo.
Dejando que las palabras me vengan a buscar.
Sin querer.
O queriendo.
¿Qué más da?
Nada importa demasiado.
Respiro.
Ya es mucho.
Cuando los nervios me dejan a solas un instante, casi parece fácil.
Casi parece que puedo llegar.

Pero no importa si no llego.
Hace tiempo comprendí que lo importante era el camino.
El camino que voy haciendo.

Ya me lo dijo Antonio:
"Caminante, no hay camino, se hace camino al andar."

Mikele

Fui a parar a ese lugar. Allí nadie dormía. Mi insomnio sonrío de refilón, sabiendo que encajaría. Fui a parar a ese lugar. Allí el reloj se paraba. Y las noches no eran buenas, ni malas. Sólo eran oscuras. Fui a parar a ese lugar. Dónde sólo el eco te contesta cuando para el viento. Conté y conté cómo pasaban los segundos. Era inútil. Nunca la certeza pesó tanto como cuando intentaba contar los segundos que pasaban. Me di cuenta, lenta pero irrevocablemente, de que allí, más que un ningún otro lugar, los segundos no pasaban. Pasaba todo lo demás.
" Eta galdetzen dut zer ote den hau, bizi ala iraun? bizi ala iraun? Biziraun. Zu barik."
No eran los colores de siempre. No los que conocía. No digo que fueran peores, sólo diferentes. Reconoces cada esquina, pero cambian los matices. Y no es que sonreír costara más. En ese lugar, sonreír no cuesta nada. Y cuando el silencio de esos caminos te envuelve, la soledad se hace tangible, haciéndote sentir que estás tú sola ante la fuerza bruta de la naturaleza. No puedes evitar empezar a andar más deprisa, casi vas dando saltos. Solo se oye el viento. Y los pájaros. No hay nada, no hay nadie. Y sigues andando. Y piensas, que si alguien te preguntara cómo definirías la libertad, sólo podrías describirle ese momento. Tú, la tierra y sus colores, y nada más. Y ya no tienes miedo. Eres libre. Vuelves a sonreír.
Volvíamos ya. Después de seis días aislados del mundo. Seis días como seis sueños. Seis días en que el olor  a leña, el canto tempranero de los pájaros, el ulular del viento, las calles viejas, el sonido de ese arroyo que habitualmente está seco, el color verde, los paseos sin destino, y las horas sin reloj nos han acompañado. Volvíamos ya. Por esa carretera, por la que siempre volvemos. Iba sentada en el asiento de atrás, a la izquierda, como siempre. Mirando sin ver por la ventana, perdida en ese rememorar de todos los momentos vividos, como queriendo aprendérmelos de memoria, como queriendo hacerlos más míos al repasarlos con detalle. Y entonces las he visto. Eran miles. Pequeñas, curiosas. Aparecían aquí y allá, pintando el verde solitario de las campas. Y cuanto más avanzábamos, más aparecían. Y de repente, formaban una alfombra blanca, hecha de flores silvestres. Eran preciosas. Y me han hecho sonreír. 

El frío siempre se va, y cuando ellas aparecen, llega la primavera.