Tuesday, November 28, 2017

soy mil poemas encerrados en un pecho que late metal,
mil sueños que se me rompen encima.

ya no sé como acababa el cuento.

son negras las mariposas
y negras las miradas.
todo es decadencia
y depresión.
el ocaso de la risa.

baldosas azules,
paisajes enladrillados en los que no podemos ser.
angustia.

un océano de penas sin portales,
madrugadas que son sólo soledad,
el café de las 9 sin calor y sin azúcar.
nada que alivie
este peso del tiempo,
este tedio,
esta turbia y asquerosa rutina.

otro día más, las mismas moscas.
el mismo tintineo de cristales
cuando el viento sopla fuerte
y todo es vendaval y hastío.

las carreteras con su arrítmico compás
y todas estas luces cegando

y al llegar a casa
otro recuerdo que muerde,
otro espejo sin frases,
otra almohada sin guerra,
otra copa vacía.



Monday, November 27, 2017

Dragones, eran dragones mamá, me venían a ver en sueños. Lo llenaban todo de fuego y luz, y podían acabar con acantilados, muros, iglesias, calles, tejados, ciudades enteras. Creo que habrían sido capaces hasta de incendiar el mar. Dragones, mamá, increíbles y libres. Y yo estaba allí también.

Era bonito, mamá, como una película de dibujos con colores súper vivos y canciones que te regresan a la infancia. Como cuando vi Madagascar 3 rodeada de esas pequeñas fierecillas, me sentí niña y parte. Nunca quiero perder esa mirada que sé que debo de poner cuando los veo. Como con los Fruitis, mamá, ¿tú te acuerdas?

Hace tanto tiempo que sólo hay pesadillas por aquí, hace tanto tiempo que siento el alma gélida, rota, marchita, partida en pedazos de cristal congelado. Todo es glacial y yo sin mantas de cuadros. No me dan abrazos mamá. ¿La abuela te los daba? Nunca la he visto hacerlo, quizá por eso tú tampoco sabes darlos. Y cuánto los necesito a veces. Como cuando se murió el abuelo y me tumbé en tu regazo pidiéndote a gritos callados que me apretujaras fuerte en medio de esa sala llena de gente que yo no conocía, gente que no me importaba, gente que no entendía mi dolor, gente a la que le daba igual que yo llorara. Y tuve que ser fuerte, ser dragón y alma de loba, aguantar de pie el momento, y no estaba mi hermano, no estaban los primos, ¿y por qué yo siempre estoy? ¿Por qué soy tan distinta? Me acuerdo mamá, de todo me acuerdo. Y también quise ser tu roca y tu abrazo. También quise ser calor en mitad de aquella helada.

Yo lloré mamá, en medio de ese cementerio que es tanta paz y tantas flores que pensé que el abuelo no podía estar en un sitio más bonito. Lo pensé mamá, sentí alivio al saber que volvía a su pueblo, a su tierra, a su sudor y a su sangre, a donde él pertenecía y sólo allí. Y me miraban. ¿Por qué me miraban? Ellos no lloraban. ¿Por qué no lloraban? El abuelo estaba hecho cenizas dentro de una urna. El abuelo estaba dentro de una urna y nunca más su voz, nunca más su risa, nunca más su vino. Allí, mientras abrían el nicho en el que el que habría sido mi tío descansaba desde los dos añitos, allí mamá, allí volvió el abuelo, junto a su único hijo varón que perdió tan antes de tiempo, y era tan triste y tan injusto y tan desgarro que yo no sé por qué nadie lloraba. Mis lágrimas, sólo las mías. También las tuyas. Tú si llorabas. Le querías. Sé que le querías. Con tu vida y con tu todo, y a pesar de.

Me lo pregunto siempre mamá, cada vez que echo de menos el hueco bajo tu hombro izquierdo, en el que yo me meto sin que tu me invites, en el que yo te busco porque ya no puedo. Quizá el abuelo tampoco te abrazaba. Y así tú no aprendiste. Y luego yo y mis años chicos, y luego yo y mis fantasmas, y tener miedo a la noche, y ese gallo de la lámpara, y la rendija de la puerta, y toda mi torpeza, y todo mi desastre, y todos mis terrores. Monstruos debajo de la cama y en mis días, monstruos por todas partes, en todas las esquinas. Monstruos, mamá, como no poder dormirme hasta que aita abriera la puerta. ¿A qué hora llegaba? Yo no me dormía hasta que él entrara en casa. Oía la llave y por fin respiraba. Y entonces, y sólo entonces podía empezar a dormir. ¿Cuántos años tenía? ¿Nueve? Yo no entendía nada. Tanta angustia en el pecho, tanto miedo. Y tú seguías sin saber dar abrazos. Aquel peluche del koala y mi Pedrito, todo a lo que me aferré para intentar no sucumbir.

¿Soy así desde aquello? ¿Es por eso que no me dan abrazos? ¿Es por eso que me dicen que no llore, que deje de sentir tanto, que empiece a ser más fría? Quizá es por eso que se ríen, de mis listas raras y de mi Harry Potter. Quizá es por eso que se ríen de mi ropa y mis canciones. ¿Y cuando tenía once años, mamá? ¿Por qué se reían entonces?

Lloré por mi amama y también por mi pez. Y cada vez que algo me apretaba el nudo. Yo no sé no hacerlo mamá. Aunque tu siempre me digas "no llores" como imperativo eterno. Aunque aquella noche sólo supieras decirme "recoge", en vez de abrazarme para calmar mis temblores. Aunque para ti nunca sea suficiente, jamás sea suficiente, y nunca lo vaya a ser, ni en esta ni en ninguna de las vidas imposibles.

Me acuerdo que entré y estaban todos callados, nadie tenía los ojos húmedos, estaban bien. La abuela me vio entrar, ella estaba sentada en la silla con un pañuelo de tela en una mano. Me miró y vio que yo estaba llorando. Entonces se puso a llorar y las dos lloramos. Y es así, ¿sabes? Es así, aunque el mundo se empeñe en decirme eso que no pienso comprar. Lloré con ella porque el abuelo ya no estaba, ya no estaba, ya no estaba, el abuelo ya no estaba. Y dolía, eso dolía, dolía en los ojos y en el alma.

Cuando duele así, como cuando tú estás pero no abrazas este manojo de nervios que te pide a gritos desde siempre, la vida llora. Y es bonito, sí, lo digo, es bonito ver como los corazones lloran por otros corazones que ya son sólo aire, ceniza en una urna, eterna despedida.

La indiferencia es lo contrario de la vida y de la muerte, lo contrario de todo lo que nos hace latir, ser humanos.


Cuando volvía sola en el AVE y colapsé en el vagón, lo único que quería decirles a todos, a cada uno de los que allí estaban sentados fue: se ha muerto mi abuelo y me duele una burrada. Y quiero llorar. Quiero llorar. Quiero poder llorar sin que nadie me diga que no lo haga.


- Por ti, abuelo, por tu voz, por tu risa, por tu vino.




Sunday, November 26, 2017

A la vera de tu risa construiría los cimientos,
quiero vivir en tus instantes.

No necesito techo,
sólo hogueras,
una alfombra de seda cubriendo los charcos de barro del arrabal.
Ternura a quemarropa.

Trascender más allá de los horarios,
volar sobre chimeneas y rascacielos rancios.
Esta putrefacción embotellada,
esta altanería disfrazada de diario,
esta mierda,
este asco.

No quiero nada que lleve su firma o su nombre,
quiero ser yo a pesar de sus prejuicios,
poder vestirme mía y ser desastre,
sin tener que pedir perdón, sin disculparme.
No nací princesa,
tampoco quiero serlo.

Soy republicana, roja y muy nieta de mi abuela.
También dos ojos que lloran por encima de la media
y un corazón que late calor por esos ojos.
Los de ellas.
Corazones de diamante y flores,
un millón de sonrisas sin hipotecar,
aleteos sin barreras.

Déjalas ser sirenas,
es su mar y son sus olas,
déjalas con su voz y con escamas.
No queremos Disney,
no queremos hadas.

Las quiero libres,
las quiero suyas,
las quiero construyendo sus cuentos y ciudades,
sus principios y finales,
su propia épica.

Y yo, con el nítido recuerdo de tu sol en mis retinas,
me quiero libre,
me quiero mía,
aborreciendo este sindiós, esta ignominia,
esta mentira, esta farsa,
este feo y sucio ultraje.

A la vera de mi risa construiré los cimientos.

Seré sola
la mano que meza la cuna
en la que guardo los sueños que son sólo míos
y a nadie más que a mí pertenecen.

Seré mi alfombra mágica,
hoguera hecha de verbos,
el intento inabarcable de volver siempre a ese mar.

Frío invernal.
Lluvia de enero.








Thursday, November 23, 2017

Y por la noche, ando sola por estas calles de adoquines del barrio, con mi música siempre, y la libertad baila conmigo tan fuerte que puedo sentir como le piso los pies, como respira. El viento me da en la cara y mis manos se mueven al ritmo del beat, y casi, por un momento, puedo sentir que pertenezco. Pero no sé si a ti o a ellos, o a estos balcones que tanto le gustarían a mi madre. Llego al portal y no me siento forastera. Vivo en un bloque de pisos que tiene doscientos años. Confirmado ayer por mi compañera. También me dijo que no estaba aprobado por el ayuntamiento que se pueda vivir en él. En todos los pisos vive alguien. En el techo de mi cuarto hay una grieta. Ni siquiera me planteo la opción de que se pueda caer un pequeño cacho de masilla. El cuarto tiene dos ventanas que dan a un patio interior. Igual que en Sevilla. Allí fue donde aprendí a encontrar belleza en esas cosas cotidianas: en los patios, en las azoteas, en la ropa colgada al sol, en las macetas de geranios de la vecina, en un felpudo diferente, en una puerta de madera ajada y vieja, en las voces que salen de las cocinas de otras casas, en el olor a comida.

Cuando llegué a Madrid, con ojos de niña y pies correcaminos, cada vez que leía un cartel de una calle que yo ya conocía sonreía y daba un pequeño salto: ésta sale en el Monopoli. Me las sabía de memoria de tantas y tantas veces que había jugado con mi padre y mi hermano, también alguna vez con mis amigas. Me sabía incluso los colores de las calles, cuáles eran mejores, y cuales las que nadie compraba nunca. Lavapiés era una de las marrones. La primera después de la casilla de salida. Y nunca nadie la compraba. El color no invitaba a ello, tampoco el nombre, tampoco el hecho de que fuera la más barata, porque luego no te iba a dar mucho dinero cuando los demás jugadores cayesen en ella. ¿Pero todo dependía de cuántas veces cayeran no?

Pocos meses llevo en este barrio tan de colores, tan de árboles y ladrillos, tan de ventanales y balcones. Y quién me habría dicho a mí que acabaría tan encariñada con una de esas tarjetas marrones. Quien, que entre tanta gente de tantos lados y provincias y países me sentiría tan parte, tan pieza, tan libre y colectiva.

Y eso que decía Barea de
Madrid terminaba allí entonces.
Era el fin de Madrid y el fin del mundo.

Ahora no puedo creérmelo. Ahora Madrid es aquí. Ahora aquí empieza. Y se juntan todas las lenguas del mismo idioma y también las de los otros, y todos laten juntos, y el ritmo es frenético, y el barrio no para, es un pulmón multicolor respirando al ritmo de todas las músicas.

Yo qué sé, quizá sea noviembre y el frío que entra por estas viejas ventanas que aún no han cambiado y se cierran como las del pueblo y no aíslan nada. O igual sea yo, encontrándome en medio del caos y el tumulto, en medio de los trajes de colores, las rastas, las latas de cerveza. También en medio de las madres con sus niños, los ancianos con sus bancos, los taxistas esperando y los jóvenes soñando un poco de revolución.

Que me gustan los rincones con historia y los techos altos, las escaleras de madera y las ventanas a tus calles. Los suelos que crujen, los atardeceres color ocre llenos de polvo y heridas, los muros llenos de verdades, las miradas que gritan.

Un millón de pegatinas y todo el rato la vida 

Las zapatillas sólo molan cuando ya están usadas.


Friday, November 17, 2017

Thursday, November 16, 2017

Wednesday, November 15, 2017

Me dueles.
En cada vértice, en cada vértebra, en cada coma y cada punto.
En todos mis segundos.

Me dueles.

Jamás pensé que podría crear un desastre tan gigante,
tan inmenso que no me valen mis manos
ni mis fuerzas
para deshacer este silencio que me mata tan fuerte.

Me dueles.

Y soy todo pena, como Lola.

No sé cómo escribirlo porque te lo has llevado todo:
mi lado bueno,
mi arcoiris,
las palabras que sabían a bizcocho y tus sonrisas.

La he cagado.
Y no sé como perdonarme por toda esta mierda que te ha llevado a mil galaxias de mí.
¿Cómo te vuelvo a encontrar?


Estoy en medio de un páramo sin agua,
sin pájaros,
sin aire.

Me dueles.

Y sólo quiero mirarte y decirte que eres el corazón más bonito del mundo.

Que te mereces a alguien con un millón de taras menos y un millón de triunfos más.

Pero que yo...
... te quiero.




Tuesday, November 14, 2017

Mil tres.

Me duele el alma, y la vida, y espero que estés sonriendo.
Estás y no estás y es niebla la vida. Entre altares y templos paganos penetro en las sombras de un bosque de espinas que arrancan retales de antiguos amantes. Cristales que reflejan el dolor de las sonrisas que debajo de la piel son sólo vaho. Aire que se va y no vuelve. Vida que nos quitaron. Sigo sin reconocer esta osadía, este puñal de oro que me ha quitado las ganas de sentir, lo que sentía. La espina dorsal ya no me tiembla, y todo este manojo de mañanas sin palabras me parece un insulto lleno de horror e infamia. Construimos silencios que nos enjaulan, que son barrotes de hierro y queman como marca. Construimos silencios y no puedo llorar, y no puedo salir porque no hay puerta, tampoco entrar porque nunca hubo aldabón de plata, timbre de escuela, llamada innata. Y este oleaje que no cesa y que no para, y esta marea de mil lunas y mil taras, se encasqueta el rifle con el que me tenías que matar, sobrevivo en agonía sin mis alas.

Soy, todo barro y todo mugre y todo mierda. Se me vuelan los anclajes que me sujetan a proa y no me encuentro las salidas de emergencia. Encerrada en un ascensor sin espejos, lleno de escarcha y oquedades, hiperventilo mi sudor y mi desgracia. No sé qué nombre ponerle a este final de cuento sin hadas. No sé qué nombre ponerle a mi pena, y la luna está lejos, y el mar no me habla, y yo estoy congelada.


Monday, November 13, 2017

Mil dos.

Soy un océano lleno de monstruos que sólo hablan de derrota.
Mil miserias en un cuerpo más marchito que este hueco.

Quiero dejar de contar los días.

Se me cae el alma, y la risa, y la vida.

Estoy perdida en un arrabal
donde todo es herida.