It's not about poetry.
It's about makin' love,
under the stars,
upon a blanket of daisies,
while she sounds everywhere.
It's about startin' the war.
Wednesday, April 30, 2014
Tuesday, April 29, 2014
Hoy por hoy, y hasta donde sé, sólo tengo un lector fijo de mi blog. Una mente. Dos pulmones. Un corazón. Se lo ha leído entero (llevo escribiendo en él dos años creo si no me equivoco, y soy de las que escribe mucho, pero mucho), y ha descubierto cosas de mí que casi yo misma desconocía. Una pasada. Es increíble cuanto pongo de mi alma, de mi forma de pensar, de ver la vida, de mi corazón, de mis heridas, en todo lo que escribo. Incluso en las historias de ficción, aunque en el momento no me de cuenta, cuando las releo alucino. Es una barbaridad. No consigo una objetividad, un alejamiento, una distancia efectivas. Quien me lee, me lee a mí, lee mi alma. Me lee de par en par. Y he estado pensando en esto, y pasa lo siguiente. Yo no escribo para que me lean. No escribo para un sector determinado, para una gente en concreto. No pienso en quién puede ser mi target potencial. Todo eso me da igual. Supongo que los escritores que de verdad sienten la escritura, no como una forma de ganarse la vida, sino como una forma de vivir, de sentir, tampoco pensarán en quien les leerá o quien dejará de hacerlo. Yo escribo porque no me queda otra. Porque sino, me muero. Porque necesito hacerlo. No es un hobby, no es una actividad que elija para pasar el rato. Es toda mi vida. Durante el día, en diferentes momentos, pienso en frases, en personajes, en historias. Todo el rato están dando vueltas en mi mente. Me imagino lugares, conversaciones, palabras. Voy apuntando cosas en el móvil, en los mensajes que guardo en borradores, y luego en casa vuelvo a ellas. Hay ideas que pueden estar rondando en mi cabeza días, incluso semanas, hasta que me pongo a escribirlas. Otras salen al momento. Como ahora, que según lo estoy pensando lo estoy escribiendo. Todo depende del momento, de mi estado de ánimo, de como esté yo. Pero todo el rato sale de mí, pasa por mí, y acaba conmigo. Yo soy todos esos textos. A veces lo pienso y me abruma. Sí, es bastante abrumador.
El otro día estuve con un buen colega. Ha estudiado comunicación. Yo estoy estudiando periodismo. Hablábamos del futuro que nos espera a los que intentamos forjarnos una vida en eso de la comunicación. Me decía que él no quería escribir en un periódico. Que currabas en un artículo y luego nadie te leía. Él ha estado de prácticas en un periódico. Me lo afirmó de corazón: nadie te lee. Y eso me llegó muy hondo. Una cosa es que cuando yo escribo mis cosas, escribo mis historias, mis cuentos, mis versos, mis cosas raras, no me lea nadie. Eso no lo hago para que me lean, lo hago porque es mi vida, mi pasión, lo que me hace feliz. Lo hago por mi, para mi. No por ellos, para ellos. Si me leen, si se emocionan, si sonríen, si lloran conmigo, pues claro, muchísimo mejor. Yo me he emocionado, he sonreído y he llorado leyendo a escritores que han pasado a formar parte de mi vida. Si algún día consigo que alguien sienta algo parecido a lo que yo siento al leer a otros, me sentiré abrumada, orgullosa, sorprendida, pero inmensamente feliz. Feliz por haber conseguido conectar con el lector. Feliz por darle un trocito de mí que le haya hecho sonreír por un momento, o pensar, o temblar, o lo que sea. Pero si consigo trabajar en un periódico, que es algo que realmente quiero (aunque visto como está el asunto veo que será imposible), o en una revista, saber de antemano que da igual lo que haga, lo que investigue, lo que me documente, lo que tarde en elaborar el artículo o reportaje en cuestión, que dará igual todo, porque nadie me leerá (en todo caso mi padre, que el siempre me leerá como yo a él) me entristece mucho. Al fin y al cabo, ese trabajo lo haces por y para alguien. Ese trabajo si lo haces pensando en ellos, en el pueblo. En darles una información, en ofrecerles datos, en ofrecerles la versión más próxima posible a la verdad. Si no te leen todo tu trabajo es en vano. Es como estar cocinando en un restaurante donde nadie entra a comer, como estar colgando y ordenando ropa en una tienda en la que nadie quiere probarse nada, como hablarle a una pared. Me pone muy triste. Y me ha hecho replantearme cosas. Quizá sea verdad que la prensa no tiene futuro. Al fin y al cabo nadie quiere trabajar para que ese trabajo caiga en saco roto. Que sí, que te pagan y trabajas para que te paguen. No, yo no pienso así. Si consigues trabajar en lo que te gusta, trabajas para realizarte. Y eso es muy diferente, y algo que el ser humano necesita. Saber que sirve para algo, hacer algo útil, ofrecer algo a los demás, interactuar. Todas esas cosas. Y sobre todo, después de la conversación que tuve con mi amigo, me da pena ver que de verdad la prensa está destinada a desaparecer. Al menos en papel. Es una pena. Espero que al menos en internet sigamos teniendo periódicos, aunque la información muchas veces no esté correctamente contrastada ni trabajada (por falta de tiempo y de recursos). Porque quiero recordar, a quienquiera que sea que me esté leyendo ahora, que un país sin libertad de prensa no es un país en democracia. Es un derecho que tenemos que debemos defender. Porque hoy por hoy todavía hay países con un único periódico oficial (el del régimen) que prohiben con penas de cárcel cualquier intento de ofrecer información alternativa y países también donde se secuestra y amenazan de muerte a muchos periodistas. Eso os da una idea de cuanto poder tiene la información, y que si es tratada como es debido y transmitida al pueblo como tiene que ser, puede ser la mecha que prenda la llama de la revolución.
Monday, April 28, 2014
Sunday, April 27, 2014
Emprendieron el camino hacia el otro lado. Tenían que pasar el río, cruzar el valle al oeste de la ciudad, y empezar a subir por las colinas, hasta llegar a la parte alta. Esto les llevaría alrededor de tres días. Una vez que llegaran al llamado "Bosque de las hadas" empezarían el duro ascenso a las montañas.Si conseguían llegar, estarían a salvo durante unos cuantos meses, pues daban por sentado que no irían hasta allí a buscarlos. Se detendrían a arrasar toda la costa, y se tomarían su tiempo para ver qué hacer después. Sí, tendrían unos meses asegurados. Se aferraban a esa idea como si de ello dependiera la vida. Y es que era verdad, su vida dependía de ello. Emprendieron por tanto el camino, con bastantes ganas, y deseando alejarse de aquella ciudad cercada por las llamas. Pronto no quedaría nada. Dejaban atrás sus casas, sus calles.. pero en realidad eso no era nada. Sus corazones seguían latiendo. Y ahora no podían dejar de andar. No podían dar su vida por defender un lugar que en realidad no les pertenecía. Ellos sentían que su hogar eran los corazones, y los corazones escapaban todos juntos. No habría nadie a quien echar de menos. Estaban todos allí. Pero no era verdad, no estaban todos allí. Aunque parecía que el único que se daba cuenta de ello era Leno. Todos los demás parecían no sentir esa ausencia. ¿A caso era tan pequeña? A él se le hacía como un mundo de grande, como un universo de inmensa. Sentía que un hueco había crecido, allí, en mitad de todos, y que daría igual lo que hicieran de ahí en adelante, nunca se podría llenar. Era imposible. Los latidos de ese corazón se quedaron en ese lugar, preparados a morir en aquel pedazo de tierra que reconocía como su hogar. Que extraño, ninguno de ellos sentía ningún tipo de lazo especial con aquel recóndito rincón, y sin embargo, para ella, algo parecido a un cordón umbilical, le unía irremediablemente a él. No quería morir lejos de aquella playa. No podía imaginarse muriendo en cualquier otro lugar. Tenía que ser allí, y de la manera por ella escogida. Era tan extraño. Y sin embargo, algo dentro de él le decía que no podría haber sido de otra manera. ¿Cómo no se había dado cuenta? Ella era ese lugar. Era el sol brillando encima de las olas a primera hora de la mañana, era la espuma blanca que rompía contra las rocas con un ansia salvaje, era la calma del mar a las noches, cuando la marea bajaba, y todo el océano parecía una pequeña laguna. Era la arena blanca que pisaba descalza, mientras daba saltos y piruetas y se tumbaba envolviéndose en esos pequeños granos de arriba abajo, enmarañándose el pelo, llenándose la boca. Era esos pájaros que bajaban a ver si pescaban algún pez, y también era los peces. De cualquier color y tamaño, esos que le rozaban los pies cuando salía a nadar. Ella era esa playa. Había conectado de una forma espiritual con aquel lugar, y no habría forma humana de convencerla de que al fin y al cabo, aquella playa era solo una playa. Ella te diría que no, que no era solo una playa, era su playa. En la que reia, saltaba, nadaba, corría, gritaba. También esa en la que lloraba, haciendo que sus lágrimas se unieran al rocío salado del mar. Era su universo reducido a una cala, a un espacio relativamente pequeño pero que tenía en frente los confines del mundo. Porque el horizonte estaba lleno de posibilidades. Y a las mañanas, cuando se levantaba, salía a dar un paseo por la orilla del mar, mojándose los pies, bañándose en el sol que nunca la quemaba. Luego se sentaba, mientras el mar seguía acariciándole los pies, y se ponía a mirar fijamente el horizonte. Entonces, entonces sentía que salía de su propio cuerpo, y que volaba. Que ya no estaba allí, estaba en el último peñón de mundo, debajo de una palmera, jugando con los cangrejos. Y en esos momentos, si la mirabas de reojo sin que ella se diera cuenta, verías en su cara la paz y la calma con la que todos soñaban. Una felicidad inmensa, tan sencilla como pestañear, pero tan valiosa, tan preciosa. Y sabía que no dejaría que nadie le quitara su horizonte. Entendía su elección. Entendía que no quisiera morir lejos de aquel rincón que llevaba escrito su nombre en cada molécula de la materia que lo formaba. Sí, ella estaba en todas partes. Y haberla obligado a alejarse de allí hubiera sido un crimen. Peor que cualquier apocalipsis. El grupo seguía andando. Parecían contentos, esperanzados. Daba la impresión de que de verdad creían que podrían llegar a sobrevivir. Que iban en busca de la salvación. De esa puta salvación que sólo les daría unos meses más de aire. Poco más podían conseguir. Los dados encima de la mesa, marcando el número fatal. El tic-tac del reloj en cuenta atrás. El fuego a punto de apagarse. La última gota del océano esperando ser evaporada. Y él alejándose irremediablemente de ella. ¿Pero qué coño estaba haciendo? ¿Que puta mierda era aquello? Cada paso en esa dirección le pesaba, como si sus botas estuvieran hechas de plomo. Se cansaba apenas recorridos unos 500 metros, cuando hubo un tiempo en el que fue capaz de correr kilómetros. Todo le indicaba que aquel no era el camino. Hasta el viento soplaba de cara, haciéndole retroceder un poco por cada ráfaga, poniéndoselo difícil. Y entonces, súbitamente, comprendió. No podía irse así. Miró al grupo, respiro hondo y habló:
- Chicos, tengo que dar media vuelta.
Le miraron con cara rara, como si se hubiera vuelto loco en ese preciso instante. Y quizá tuvieran razón.
- ¿Qué coño dices? Tenemos que seguir andando. Cada minuto malgastado es una posibilidad que perdemos. No podemos parar, no podemos esperar.
- No os estoy pidiendo que me esperéis. Sólo os digo que yo me vuelvo.
Le miraron de hito en hito, asombrados, perplejos, asustados. Estaba loco. Volver hacia atrás significaba volver al infierno. Entregarse a la destrucción sin oponer resistencia. Rendirse.
- No vamos a esperarte. Si te vuelves es bajo tu responsabilidad. Si te metes en problemas no habrá quien te ayude. Estarás solo.
- Lo sé.
- ¿Es tu decisión definitiva?
- Sí.
- Bien. Si sobrevives y decides volver, estaremos en las montañas. Cuídate hermano. Y no dejes de rezar.
- Nunca.
Se despidieron en silencio. El grupo siguió caminando, no podían perder tiempo, tenían que llegar. Él dio media vuelta. Sintió el viento a sus espaldas, la pequeña pendiente hacia abajo, todo estaba a su favor. Aceleró el paso. Él tampoco tenía tiempo que perder. Tenía que llegar antes de que las llamas acabaran con todo. Antes de que esa playa desapareciera. Antes de que fuera demasiado tarde.
- No vamos a esperarte. Si te vuelves es bajo tu responsabilidad. Si te metes en problemas no habrá quien te ayude. Estarás solo.
- Lo sé.
- ¿Es tu decisión definitiva?
- Sí.
- Bien. Si sobrevives y decides volver, estaremos en las montañas. Cuídate hermano. Y no dejes de rezar.
- Nunca.
Se despidieron en silencio. El grupo siguió caminando, no podían perder tiempo, tenían que llegar. Él dio media vuelta. Sintió el viento a sus espaldas, la pequeña pendiente hacia abajo, todo estaba a su favor. Aceleró el paso. Él tampoco tenía tiempo que perder. Tenía que llegar antes de que las llamas acabaran con todo. Antes de que esa playa desapareciera. Antes de que fuera demasiado tarde.
Yo al universo sólo le pido money pa comprarme todos los libros del mundo, y montar una biblioteca enorme en mi casa, con escaleras de madera pa llegar a las estanterías de arriba, y poder pasarme ahí metida días enteros sin que me importe una mierda lo que pasa fuera. Suena egoísta y todo lo que quieras, pero siendo sincera, mis momentos más felices han sido siempre aquellos en los que he estado con mis amigas (que son lo mejor que tengo), y aquellos en los que he estado con mis amigos, los libros (que son lo segundo mejor que tengo). Y es así.
Podemos hablar de fútbol,
o de poesía.
De lo que tu quieras.
Pero si me vas a hablar de fútbol
háblame de aquellas épocas doradas,
en las que los que llevaban el balón
hacían magia con los pies.
Y sobre todo,
ahórrate del todo el fútbol italiano.
Si me vas a hablar de poesía,
háblame de Machado,
de Neruda,
de T. S. Eliot,
de Benedetti,
de Bukowski,
de Lorca,
de Hernández,
de todos los que quieras.
Pero sobre ,
háblame de Pessoa,
por favor.
Si no me hablas de Pessoa,
me vas a hacer llorar.
Y cuando alguien llora
la poesía tiembla de tristeza.
o de poesía.
De lo que tu quieras.
Pero si me vas a hablar de fútbol
háblame de aquellas épocas doradas,
en las que los que llevaban el balón
hacían magia con los pies.
Y sobre todo,
ahórrate del todo el fútbol italiano.
Si me vas a hablar de poesía,
háblame de Machado,
de Neruda,
de T. S. Eliot,
de Benedetti,
de Bukowski,
de Lorca,
de Hernández,
de todos los que quieras.
Pero sobre ,
háblame de Pessoa,
por favor.
Si no me hablas de Pessoa,
me vas a hacer llorar.
Y cuando alguien llora
la poesía tiembla de tristeza.
Llegué un día de esos. Un día oscuro, lleno de nubes, en el que el cielo parecía la antesala del infierno. Se oían truenos en la lejanía y el viento soplaba como si quisiera derribar todo lo que se iba encontrando a su paso. No había nadie en la calle. Todo el mundo había corrido a refugiarse. Alguien murmuró algo sobre el diluvio universal. Algún otro dijo que había que encender los fuegos, iban a bajar las temperaturas. Cuando entró la noche, empezó a llover. No paró en toda la noche. El rugido de la tormenta golpeaba las ventanas. Las familias se acurrucaban alrededor del fuego. Las mantas salían de los armarios. El frío intentaba entrar por cada rendija. Todo el mundo se fue pronto a dormir, a intentar entrar en calor debajo de las sábanas, a intentar dormir y esperar que el sol saliera por la mañana. Yo me quedé mirando por la ventana. Intentando escribir algún verso que otro. Me gustaba el ruido de la lluvia. Tenía frío, y me puse una manta sobre las piernas. Pero tampoco conseguí entrar en calor. Daba igual, el frío me mantenía despierta, ágil. Los truenos no me gustaban. Las tormentas de verano siempre me habían dado miedo. Sobre todo los relámpagos. Siempre tuve miedo a que alguno de esos rayos provenientes del cielo cayera cerca y me hiciera daño. O quemara la casa. O algo peor. Mi abuela me contó una vez una historia sobre un hombre y su mula. No voy a entrar en detalles pero me marcó. A ella tampoco le gustan las tormentas. Cada vez que hay una tormenta fuerte agarra su medallita de la virgen y empieza a rezar. Creo que yo soy igual. Sólo que yo no llevo medallita. Y tampoco rezo. Esa noche no rezaba. Esa noche sólo me limitaba a observar uno de los fenómenos que más me gustaba de la naturaleza. La lluvia torrencial arrasando con todo. Despiadada, letal. Me quedé despierta toda la noche. Escribí bastantes versos. Todos hablaban de algo parecido al dolor, a la angustia. La ausencia de cariño en esas noches frías. Estaba sola en esa casa. Sola en ese pueblo.No hablaba con nadie. Nadie me hablaba. Era una inmigrante con papeles llenos de tachones. Una extraña. Y no podía echarles la culpa. Porque fue una época en la que me sentía extraña dentro de mi propio cuerpo. Una época en la que la soledad era mi única aliada, en la que no concebía una relación que no fuera silencio. Necesitaba esas noches vacías como el pez necesita las olas del mar. Necesitaba esa soledad como las flores las abejas. A la mañana siguiente mis ojeras me indicaban que ya era hora de levantarse. Pero yo no me había ido a dormir. El pueblo empezó a despertar. Se oían voces, gente hablando, la furgoneta del pan. Por al ventana entraba un sol que podía dejarme ciega. Los pájaros cantaban y todo olía a verano. Un día luminoso, lleno de vida, de colores. Parecía que lo de la noche había sido un sueño. Algo irreal, onírico. Sin embargo, los charcos en los caminos dejaban patente la tormenta. Me sentí derrotada. Mi alma necesitaba oscuridad. No conjuntaba con esa luz, con esa alegría. Salí a comprar el pan con cara de no haber dormido en una semana. Con la ropa de andar por casa y sin esperanza. La panadera me saludó alegremente, pero no fui capaz de devolverle la sonrisa. Estaba abatida. Totalmente destrozada. Sólo quería meterme en la cama y no despertar en cinco días. Aquel optimismo me sacaba de quicio. Necesitaba los truenos, necesitaba el miedo, necesitaba el frío. Necesitaba tener motivos para sentirme desgraciada, desahuciada, abandonada. Y es que era así como me sentía. Pero aquella mañana parecía que el mundo se había propuesto contarme que aquel era un lugar maravilloso y que la vida era de color de rosa. Hasta las rosas de las macetas de la vecina me saludaban cantando. Era pavoroso. Y entonces, con el pan en la mano, emprendí el camino de vuelta a casa. Mirando al suelo y sin silbar. Parecía un Nazareno en procesión. Era mi penitencia. En esas estaba, cuando alguien se chocó conmigo. Iba tan distraída que perdí el equilibrio y me caí al suelo. Me hice daño en la rodilla derecha. Nada grave, pero el roce contra el asfalto me hizo sangre. No me gustaba ver sangre. Me daba mal fario. Una mano se acercó y me ayudó a levantarme.
- Ay, lo siento mucho. Perdona, es que voy con prisa y no sé por donde ando.
- No te preocupes. No pasa nada. La vida es así. Te golpean y te caes. Luego te levantas. Todo sigue igual. La tierra sigue girando. Y tú deberías comprarte gafas.
Iba a seguir andando, pero el chico que me había ayudado se plantó delante mío. Estaba sonriendo de oreja a oreja. Era desesperante.
- Ah, tú debes ser la poeta que ha alquilado una casa para escribir, ¿no? Soy vecino tuyo, vivo dos casas más arriba.
- Encantada. (Lo dije entedientes. En realidad me daban igual él y su casa.)
- Ahora voy con prisa, pero luego si quieres te invito a un café de bienvenida. Y así me disculpo por lo del golpe.
- No, no hace falta. Sólo ha sido un accidente. De verdad. Estoy ocupada, no te molestes.
- ¡No es molestia hombre! Luego paso a buscarte. Ya sé donde vives. Jajajaja. ¡Hasta luego!
Era alucinante. ¿No le había dicho que no se molestara? Dichosos vecinos. El mundo estaba lleno de gente dispuesta a ayudarte. A joderte la vida, vamos. Era desquiciante. Ahora le tocaba tomar un café con él, y todo el pueblo se acercaría a curiosear. La gente era así, curiosa. Metomentodo. Esa era la palabra. Yo que había llegado para estar tranquila, sin gente, sin ruido. Para escribir. Ahora tenía un compromiso social, y no tenía nada más que el chándal en el armario. Si es que si algo puede salir mal, así será. Y aquella historia, me daba a mí, que iba a salir verdaderamente mal.
- Ay, lo siento mucho. Perdona, es que voy con prisa y no sé por donde ando.
- No te preocupes. No pasa nada. La vida es así. Te golpean y te caes. Luego te levantas. Todo sigue igual. La tierra sigue girando. Y tú deberías comprarte gafas.
Iba a seguir andando, pero el chico que me había ayudado se plantó delante mío. Estaba sonriendo de oreja a oreja. Era desesperante.
- Ah, tú debes ser la poeta que ha alquilado una casa para escribir, ¿no? Soy vecino tuyo, vivo dos casas más arriba.
- Encantada. (Lo dije entedientes. En realidad me daban igual él y su casa.)
- Ahora voy con prisa, pero luego si quieres te invito a un café de bienvenida. Y así me disculpo por lo del golpe.
- No, no hace falta. Sólo ha sido un accidente. De verdad. Estoy ocupada, no te molestes.
- ¡No es molestia hombre! Luego paso a buscarte. Ya sé donde vives. Jajajaja. ¡Hasta luego!
Era alucinante. ¿No le había dicho que no se molestara? Dichosos vecinos. El mundo estaba lleno de gente dispuesta a ayudarte. A joderte la vida, vamos. Era desquiciante. Ahora le tocaba tomar un café con él, y todo el pueblo se acercaría a curiosear. La gente era así, curiosa. Metomentodo. Esa era la palabra. Yo que había llegado para estar tranquila, sin gente, sin ruido. Para escribir. Ahora tenía un compromiso social, y no tenía nada más que el chándal en el armario. Si es que si algo puede salir mal, así será. Y aquella historia, me daba a mí, que iba a salir verdaderamente mal.
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